Escaso compromiso democrático; pobre calidad
electoral
Bernardo Barranco V.
Mis hijos, que rondan los 25 años, se
avergüenzan de que su padre sea consejero local del IFE. A pesar de todos los
esfuerzos, el IFE no pudo sacudirse el fantasma de 2006 en este
proceso electoral. Hay que reconocerlo, su imagen no salió bien librada. Flota
en el ánimo ciudadano que el Consejo General pudo haber hecho mucho más. Ése es
uno de los tópicos que los consejeros locales de diversos estados intercambiamos
de manera informal. A pesar de que técnicamente el proceso estuvo bien
coordinado, que en la operación como tal el IFE cumplió su tarea, importantes
sectores de la sociedad le reprochan no haber ido más lejos en su calidad de
árbitro y no sólo organizador. Desde sus facultades pudo haber ido más lejos
para garantizar elecciones más equitativas y, sobre todo, frenar la compra y
coacción del voto.
No basta rezar que la Fepade es la
responsable de atender y sancionar los delitos electorales; de hecho su
repetición suena a excusa y baños en salud, pues muchas medidas
precautorias y preventivas pudieron haberse implementado. El reto del IFE era
no sólo recobrar la credibilidad de la sociedad, sino su propia confianza
institucional. Pero, si el mismo presidente del Consejo General, Leonardo
Valdez, tuvo una de las más imprudentes y desafortunadas declaraciones al
expresar días antes de la jornada electoral que las denuncias de compra y
coacción de votos son folclóricas, míticas y que tendrían efectos marginales (La
Jornada, 27/6/12).
La coacción del voto es un acto de imposición
que se induce bajo presión hacia un partido o a la abstención que vulnera la
libertad de un individuo o de una colectividad. La compra del voto es un
intercambio de bienes, dineros o favores para que una persona o un grupo voten
por determinada franquicia política o candidato. Alianza Cívica, reconocida red
social que desde hace 18 años ha venido monitoreando los procesos
electorales, dio a conocer hace tiempo las crecientes tendencias de dicha
práctica funesta. Estudios en México financiados por el IFE arrojaron que, en
2003, 3 por ciento de los electores fueron tocados por la compra y coacción de
voto; en 2006, 7 por ciento; en 2009 la cifra crece de manera alarmante a
27.7 por ciento. Y en la última encuesta de 2012, 28 por ciento de los votantes
de diferente manera fueron tocados por el regreso electoral a las más viejas y
pervertidas prácticas electorales ejercidas por todos los partidos, con el
PRI, de lejos, a la cabeza y, por supuesto, el estado de México como
campeón del lastre. Estamos ante una sociedad, principalmente sus cúpulas,
cerradas y carentes de ética pública.
Resulta desproporcionado el cinismo de
algunos analistas que quieran justificar la compra del voto como un acto
finalmente libre y opcional de aquella persona que acepta el
intercambio. Como si la pobreza, la miseria y la marginación fueran opcionales.
Si bien la Constitución y el Cofipe establecen que el voto es libre y secreto y
están prohibidas estas formas de presión y coerción, en la elección de 2012
asistimos a un proceso regresivo y a la reutilización de prácticas que creíamos
superadas y que sin duda pueden modificar la equidad y el sano desarrollo de la
competencia partidista. En un proceso electoral es tan importante ganar como
elcómo ganar una contienda. En el cómo estriba la legitimidad del cargo.
Por ello, una futura reforma electoral debería penalizar de manera severa la
compra y coacción del voto a fin de evitar el aprovechamiento político,
agandalle pues, de la miseria y desamparo de millones de mexicanos.
Me preocupa la falta de lealtad política de
los partidos porque sistemáticamente ponen candados electorales mediante
reformas y sistemáticamente buscan la manera de violarlos. Me preocupa
que Enrique Peña Nieto mienta al negar enfáticamente que su partido recurriera
a la compra y coacción del voto, porque él será el próximo presidente de la
República, donde será un factor central en la conducción del país. El
seudodiscurso de la legalidad y apego a derecho de los partidos es un
desgastado recurso y un insulto a la sociedad cuando ellos son los primeros en
violentar.
Nuestro país arrastra en toda su historia la
incredulidad por los resultados electorales y en la actualidad confía poco en
todas sus instituciones. Buendía y Laredo apreciaron que 43 por ciento de los
ciudadanos afirman que las elecciones son poco o nada limpias; la encuesta
del diario Reforma arrojó que entre 38 y 40 por ciento tienen poca o
nada de confianza en el IFE y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la
Federación. La duda está plenamente justificada; ya se habla de nuevas reformas
electorales cuando en realidad se requiere una gran reforma de Estado y no sólo
saturar con nuevos candados y más atribuciones al IFE. En ese sentido, coincido
con José Antonio Crespo cuando dice: “Se habla, pues, de la mala calidad e
inmoralidad de la elección, pero en este proceso se ha revelado más bien la
bajísima calidad de nuestra democracia en general, fiel reflejo de nuestros
partidos, quienes presentan un escasísimo –si acaso alguno– compromiso con la
democracia”. Los jóvenes que irrumpieron en la escena política e impusieron
temas en la agenda electoral sufren de una grave y profunda frustración que
requiere ser acompañada de una especie de pedagogía frente a la decepción. Las
impugnaciones y recursos de anulación, dado el margen de distancia entre el
primero y el segundo lugar en la elección presidencial, parecieran estar
condenadas al fracaso, al no alcanzar a ser determinantes en el resultado,
criterio con el que mayormente se han conducido los magistrados, relegando la
causal abstracta de nulidad.
El problema de la política mexicana no es
político, sino ético. Las grandes soluciones no vienen de ajustes jurídicos ni
de nuevos grandes candados, sino de la lealtad de los actores políticos. El
nuevo drama electoral es el reflejo fiel no sólo de la calidad de la
democracia, sino de la calidad de las personas que conforman el entablado
político.
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