La soberbia tiene
consecuencias
Apuntes
Guillermo Fabela Quiñones
La democratización del país es un asunto de seguridad nacional, pues continuar
por el rumbo marcado por la oligarquía nos llevará a perder la poca
gobernabilidad que aún tenemos. Pero avanzar por esa vía sólo se podrá lograr
en la medida que la izquierda se afiance como instancia política emergente, lo
que implica cerrar filas en torno al objetivo prioritario de no permitir la
imposición de Enrique Peña Nieto. Sin el fortalecimiento real del Movimiento
Progresista no será factible superar los muchos escollos que interpondrá la
derecha para impedir que avancen las clases mayoritarias. Por eso debe tenerse
claridad sobre un hecho irrenunciable: apuntalar una ética política a prueba de
oportunistas, corruptos, convenencieros y demás fauna que participa en las
filas de la izquierda.
Dice el dirigente del PAN, Gustavo Madero, que “la izquierda tiene la
posibilidad de seguir de aliado de Acción Nacional en la democratización del
país”. Tal premisa es falsa porque la dirigencia del partido blanquiazul no
persigue la democratización de México, sino el empoderamiento de los intereses
oligárquicos más retrógrados, pero sin la máscara “liberal” del PRI. Nunca han
sido aliados los panistas y los partidos de izquierda, ni lo serán jamás,
porque sus objetivos de lucha son diametralmente opuestos. Su aliado natural es
el partido tricolor, así lo demuestran los hechos, y lo seguirá siendo porque
el PAN no tiene futuro como organización autónoma: perdió su oportunidad
histórica de alcanzar esa meta debido a sus fracasos como partido gobernante.
Pero la izquierda tampoco podrá avanzar si no aprovecha la oportunidad que se
le presenta, de liderar las aspiraciones legítimas de un pueblo que anhela
vivir en un sistema verdaderamente democrático, como lo demostró plenamente
durante la campaña de Andrés Manuel López Obrador. De ahí el derroche de dinero
y de recursos de parte del PRI, con el objetivo de frenar a como diera lugar al
Movimiento Progresista, pues de no hacerlo en este proceso electoral no podría
hacerlo en varios sexenios más. No importó a sus dirigentes actuar de la manera
más irresponsable y “audaz”, al fin y al cabo suponían que aprovecharse de la
gente indefensa y marginada no tendría consecuencias jurídicas.
Eso pensaban sus estrategas, pero ya vimos que sí las tuvo, por la soberbia con
que actuaron, con absoluto menosprecio a la voluntad de millones de mexicanos
decididos a no permitir que la oligarquía siga pisoteando sus derechos más
elementales. Por eso cada día que pasa surgen más pruebas de la total falta de
ética con que actuaron los miembros del grupo más cercano a Peña Nieto. Por
ejemplo, ante las evidencias no les quedó más que aceptar que la cuenta abierta
el 21 de agosto de 2006 a nombre de Luis Videgaray, en el Scotiabank, sí
existe. Según Raúl Murrieta, actual secretario de Finanzas del gobernador
Eruviel Ávila, fue abierta cuando Videgaray fue secretario de Finanzas en el
gobierno de Peña Nieto. El hecho es que en un principio negaron que existía, y
por un monto de alrededor de 8 mil millones de pesos. ¿De dónde salió ese
dinero?
Fue muy claro que desde que llegó a la gubernatura del Estado de México, Peña
Nieto tenía la consigna de buscar la candidatura del PRI para la presidencia
del país. Nunca lo ocultaron y su labor como “gobernante” no tuvo otra
finalidad. Lo que le sobraron fueron recursos y dinero a manos llenas, como era
fácil verlo. Nunca hubo en el país un gobernador con tanto empeño por viajar
por todo el territorio nacional con el menor pretexto. Era más que obvio que
contaba con el beneplácito de la oligarquía para llegar a Los Pinos, así lo
entendió Felipe Calderón y contribuyó a que se hiciera realidad esa decisión,
aunque se le salió de control el PAN al designar a Josefina Vázquez Mota; de
ahí su alegría al anunciar prematuramente el “triunfo” del mexiquense la noche
del domingo primero de julio.
Hoy el compromiso es para las autoridades electorales, pues tienen en sus manos
un “hierro” al rojo vivo, que los obliga a actuar con apego a las normas
constitucionales, so pena de ganarse un desprestigio imposible de superar en
los años venideros. Esto debieran sopesarlo los miembros más conspicuos de la oligarquía,
para evitar una debacle en el país de consecuencias incalculables. La única
opción que le queda al Tribunal Electoral es ajustarse a la legalidad y anular
los comicios presidenciales, con base en la abundancia de pruebas de la
ilegalidad con que actuó el PRI peñanietista. No hacerlo significaría no sólo
un gravísimo error histórico, sino la cancelación de la democracia en el país,
con el consecuente desprestigio que ello conllevaría a nivel internacional.
(guillermo.favela@hotmail.com)
jueves, agosto 09, 2012
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