lunes, octubre 31, 2011

¿“Audacia” o traición a México? : Jesús Antonio Carlos Hernández



¿“Audacia” o traición a México?
Jesús Antonio Carlos Hernández y la Dirección Nacional del PPS


En varias ocasiones recientes, el señor Enrique Peña Nieto, uno de los precandidatos del PRI a la Presidencia de la República, ha declarado a los medios que él es partidario de abrir la participación del sector privado a las actividades que realiza Pemex.
Pretendiendo aportar argumentos a esa idea que por obvias razones le aplaudieron los empresarios en la Cumbre de Negocios el 24 de octubre pasado en Querétaro, ha dicho que es necesario ser “audaces”, que hay que “deponer posiciones ideológicas” que impiden la apertura de Pemex a la inversión privada.
Olvida el señor Peña Nieto que la inversión privada ya está en Pemex, violando la Constitución, y no hay ningún aporte significativo a su desarrollo y sí, por el contrario, lucrativas ganancias para los inversionistas “privados”, que son los grandes monopolios en la industria energética.
La Cumbre de Negocios mencionada fue organizada por especuladores, inversionistas y empresarios como Miguel Alemán y le dieron foro a Peña Nieto para que dijera que en la última década México apenas ha crecido en 1.7 por ciento anual y que el país padece un alto desempleo con 57 millones de pobres. Para revertir esa situación, según él, es necesario abrir Pemex al capital privado, porque hay una gran oportunidad de hacer de la empresa petrolera “una palanca de mayor crecimiento económico”. Adujo que “sin que el Estado pierda la propiedad de los hidrocarburos se dé participación al sector privado para que haya una empresa más rentable y que detone el crecimiento para el país”.
Olvida el señor Peña Nieto que gracias a Pemex México no se ha hundido más en la miseria y en la dependencia, porque además del desarrollo económico que históricamente debemos a la expropiación petrolera, hoy el gobierno obtiene de Pemex el 40% de sus recursos presupuestales, que ahora Peña Nieto quiere trasladar a los grandes monopolios.


Tan emocionados estaban los empresarios con las palabras del ex gobernador, que allí mismo y de inmediato se lanzaron al ruedo exigiendo que, si se habla de monopolios, hay que empezar por destruir “al más grandote” en consonancia con Jeffrey Davidow, ex embajador yanqui en México, quien días antes expresó que la restricción para que participe el sector privado en Pemex es un “tabú” que hay que eliminar. Seríamos ingenuos si pensáramos que sólo son graciosas coincidencias.
Olvidan los señores patrocinadores de las declaraciones de Peña Nieto que fue el propio J. Davidow en su libro “El oso y el puercoespín”, quien en relación con la derrota del PRI en el 2000, dice que tal derrota se fraguó mucho antes con la desincorporación de las empresas del Estado mexicano, que entre otros fenómenos, con los desempleados de dichas empresas el PRI perdió millones de votos. Debiese saber esto Peña Nieto.
La propuesta de Peña no es nueva ni audaz. En el fondo implica una traición a México y ha sido la ambición permanente de las transnacionales energéticas y del gobierno yanqui desde el 18 de marzo de 1938, y recientemente del ex gobernador Arturo Montiel, quien afirmó en su momento que Pemex tenía que privatizarse y realizar otras concesiones en materia laboral y fiscal porque si no las hacía el PAN desde el Gobierno Federal, las tendría que hacer el PRI, cuando recuperara la Presidencia de la República. Como se ve, la idea es muy vieja. Hubo hace mucho tiempo otros muchos “audaces”.
El bajísimo crecimiento económico de 1.5% en promedio bajo los regímenes priístas y panistas regidos por la idea neoliberal es la “audaz idea” que continúa enarbolando Enrique Peña. Los cerca de 60 millones de mexicanos que hoy viven en la miseria son producto del remedio que Peña pretende aplicar para salvarlos, pues no se olvide que Carlos Salinas y Ernesto Zedillo, prometieron salvar a México con las ideas neoliberales, con la iniciativa privada, con la oferta y la demanda. De las 1150 empresas propiedad de la nación se malbarataron el 96%, y se dijo que así nos iban a salvar de la deuda externa y a crear millones de empleos para el bienestar del pueblo mexicano, porque, según ellos, el modelo implantado por el proceso de la Revolución Mexicana en manos del Estado surgido del movimiento revolucionario había caducado.
¿Qué ocurrió? Se dijo entonces que en manos de particulares las telecomunicaciones serían “una palanca para el mayor crecimiento económico”. Retorciendo las leyes, el gobierno neoliberal de Salinas privatizó Teléfonos de México y los particulares se apropiaron de las comunicaciones telefónicas para forjar al millonario más rico del planeta. A la par, ese régimen de priístas neoliberales y panistas cómplices, entre los que está Felipe Calderón, crearon a sesenta millones de mexicanos casi sin empleo. Crearon esa cantidad de pobres porque el crecimiento económico con el régimen que forjó la Revolución Mexicana logró crecimientos sostenidos de hasta el 6.85 por ciento anual.
Esto no lo puede ignorar el señor Enrique Peña.
Por otro lado, los empresarios que “compraron” los bancos los quebraron. Ahora, y por muchos años, los contribuyentes estamos pagando la deuda de esos bancos quebrados cuyos dueños trasladaron fortunas impresionantes al extranjero. No solo eso: también los vendieron a banqueros extranjeros. ¿Con qué argumento los vendieron los funcionarios neoliberales como Salinas y Zedillo? Dijeron que en manos privadas los bancos serían “una palanca de mayor crecimiento económico”.
Mueve a risa, por no decir más, que ahora el inefable señor Agustín Carstens, gobernador del Banco de México, afirme que todos los bancos son mexicanos porque están regulados por la ley.
Con ese argumento empresas como la Ford, la Volkswagen y Monsanto son “mexicanas”, dado que están reguladas por la ley.
Enrique Peña no puede ignorar que los neoliberales Carlos Salinas y Zedillo, intentaron vender a Pemex y que ante la oposición de grandes fuerzas políticas nacionales, incluso de su propio partido, el PRI, Zedillo despedazó la empresa en cuatro partes para debilitarla y después rematarla, porque así convenía a sus intereses, como también lo hizo con los ferrocarriles nacionales, ahora empresa privada de la que es accionista. El argumento fue el mismo: en manos privadas FERRONALES sería mejor y los otros argumentos fueron exactamente que “debemos
olvidar ideologías y mitos que no nos dejan crecer”
Enrique Peña no puede ignorar que ante la privatización de la minería mexicana se dijo que en manos de particulares la minería sería “una palanca de mayor crecimiento económico”. Hoy todo el mundo sabe lo que hace el Grupo México con los mineros mexicanos y la miseria en la que los tiene sumidos recurriendo incluso a la persecución de su dirigente sindical obligado a desterrarse para no ser encarcelado o asesinado.
Peña Nieto tampoco puede ignorar que respecto de las carreteras concesionadas a la iniciativa privada y construidas con dinero público también se dijo que en manos de los ricos particulares serían “una palanca de mayor crecimiento económico”. Ya no es necesario preguntarle al señor Peña acerca de si sabe del rescate carretero y el costo para el pueblo de México. Su último informe como gobernador en este renglón es altamente ilustrativo.
¿El país ha crecido con las recetas de los organismos internacionales y las acciones de presidentes como Salinas, Zedillo, Fox y Calderón?
No. Las recetas neoliberales no sirven para los pueblos. Peña Nieto debiera consultar con Luis Inazio Lula Da Silva. Le sirven a las grandes empresas trasnacionales. La ingenuidad o la complicidad son máscaras que el pueblo ya conoce. Por eso es valiosa la sencilla actitud política de Lula da Silva que hábilmente y en el mismo escenario recomienda que es mejor voltear hacia el Sur y no seguir encadenados al Norte. Con el Sur podemos cooperar y crecer sin la hegemonía del Norte. El Norte sólo pretende nuestra obediencia ciega y el saqueo de nuestros recursos.
Como políticos que somos no podemos ni debemos ser ingenuos ante las pretensiones de los que hoy quieren acabar con el “monopolio grandote”, y que con piel de cordero son sólo agentes de los empresarios norteamericanos. El caso de los bancos es ilustrativo. No podemos volver a equivocarnos a menos que seamos cómplices.
Pemex no puede ser calificada por la clase empresarial interesada en rematarla como al “canal 13” por ser “el monopolio grandote”.
Las empresas del Estado tienen una función social diferente a las 5 empresas del lucro de las familias de la oligarquía mexicana. Si no se comprende esa idea no se entiende la historia. Las empresas de la nación, como Pemex, sirven y deben seguir sirviendo para apoyar y detonar el desarrollo económico nacional independiente.
El halago fácil en la voz y el aplauso de la oligarquía que no da paso sin ganancia, no es el programa que requiere el pueblo de México para salir del atolladero en que lo metieron las fuerzas conservadoras de la segunda mitad del siglo XX. Se necesita visión de estadistas para replantear el camino de México, un camino independiente y soberano, ya ordenado en la Constitución promulgada en Querétaro, mandatos del pueblo y de la nación que los últimos cinco presidentes olvidaron y que quienes pretenden gobernar, como Peña Nieto, también están olvidando.

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