Sistema penitenciario: triunfalismo sin bases
EDITORIAL DEL DIARIO LA JORNADA
Ayer, al inaugurar una conferencia internacional sobre
prisiones que se realiza en esta capital, el secretario federal de Seguridad
Pública, Genaro García Luna, se jactó de la creación de un nuevo modelo
penitenciario, supuestamente caracterizado por el uso de nuevas tecnologías,
por un alto nivel educativo de sus empleados y por la privatización de
servicios que sería, a decir del funcionario, un freno a la impunidad y
una referencia a nivel mundial.
La construcción y modernización de cárceles en el país ha
sido una de las actividades más publicitadas en el discurso oficial en este
tramo final de la administración de Felipe Calderón y esgrimida como prueba de
los éxitos en materia de seguridad pública. En la visión
gubernamental, haber ampliado las prisiones federales hasta un total de 21,
todas a prueba de riñas, fugas y motines, y haber recluido en ellos a los
reos de alta peligrosidad, es indicativo de un avance significativo en la lucha
contra la delincuencia y en la consolidación del estado de derecho, y ello
permitiría, según dijo a principios de mes el propio Calderón, facilitar
la reinserción social de los internos.
Los asertos arriba mencionados, así como la expresión de
García Luna de que la prisión representa la protección a los derechos de
los ciudadanos, tanto de los libres como de los reclusos, han de ser
contrastados con el panorama catastrófico esbozado a finales del mes pasado por
el presidente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, Raúl Plascencia
Villanueva, quien señaló que el sistema penitenciario del país atraviesa
una crisis por la falta de políticas públicas en la materia.
Aunque el ombudsman nacional no incluyó en su
evaluación los penales federales, éstos albergan sólo a una pequeña fracción de
los presos en el país: cerca de 40 mil personas, de las cerca de 250 mil que
forman la población carcelaria total. De modo que, aun dando por buenos los
avances reseñados por el titular de la SSP del gobierno saliente, más de 80 por
ciento de los presos sobrevive en condiciones de violencia, corrupción,
narcotráfico, tráfico sexual, insalubridad, hacinamiento y toda suerte de
atropellos contra sus derechos humanos.
Por lo demás, el impresionante incremento de los
procesados y sentenciados por delitos federales durante el sexenio (de 3 mil
164 a 18 mil 283 entre 2006 y 2011, un aumento de casi 500 por ciento) podría
considerarse un éxito en la lucha contra la delincuencia si ello se reflejara
en una disminución de la inseguridad pública, pero ésta se ha extendido,
agravado y multiplicado de forma rotunda en el presente sexenio.
Ello puede indicar que la sociedad está generando más
presos de los que encarcela, que muchos de los presos son inocentes, o ambas
cosas. De cualquier forma, lo realizado en el curso de esta administración en
materia carcelaria no puede ser considerado un éxito, ni en forma aislada ni en
el marco de la estrategia de seguridad. Presentarlo así es una muestra más del
triunfalismo sin fundamento que ha sido constante del gobierno calderonista.
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