lunes, noviembre 28, 2011

Elección entre extremos : Víctor Flores Olea


Víctor Flores Olea
Elección entre extremos



Es probable que en el 2012 tengamos por primera vez en México una real elección sobre candidaturas opuestas, que parecen no solamente distanciarse en lo programático sino mucho más aún en el universo que representan Andrés Manuel López Obrador y Enrique Peña Nieto. Universo, en el segundo caso, que implica la plata y los negocios primero, y después la atención a las necesidades más amplias de la población. En el caso de López Obrador todo indica que su universo dominante está definido antes que nada por la preocupación social.
No sé si las multitudes que parecen hoy conformar los altos índices de preferencia que, según los encuestadores, mantiene Peña Nieto, son todos concientes de la regresión que significaría este gobierno en la historia de México: estaríamos sin duda invadidos y agobiados por negocios de buena y mala ley. La corrupción sería delirante y el clima de frivolidad en muchos niveles echaría raíces y sería la marca del sexenio. Me parece que, nunca, o pocas veces, el gobierno de la República se vería tan disminuido y probablemente también tan desprestigiado en poco tiempo. Probablemente nunca en México o pocas veces habría una catarata de arrepentimientos por el voto desperdiciado, o con resultados contrarios a lo deseado.
En estricto sentido, lo que digo no es tal vez tan lejano a las afirmaciones de Fernando Vallejo al recibir el premio 2011 de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, cundo llamó a no acudir a las urnas por la trampa que estas encierran: “No te dejes engañar por los bribones de la democracia”, y “denunció como indignos tanto a Fox como a Calderón ya que dejaron impunes todos los delitos, el saqueo y el envilecimiento del PRI, siendo entonces indignos de los puestos que ocupan o han ocupado”.


Al expresar estas invectivas en contra de los sistemas de democracia representativa y de partidos políticos, seguramente el escritor galardonado no pensaba en Peña Nieto a quien, sin embargo, pueden aplicarse típicamente esas críticas. Y más allá de ellas, las críticas y reservas severas que últimamente se dirigen en contra de la “democracia representativa” y en contra del sistema de partidos que, al final de cuentas se han revelado como exactas, salvo contadas excepciones, y como puestas al servicio de los grandes intereses económicos.
Pero habría otra argumentación que refuerza las expresiones anteriores: hoy la vida política se ha desplazado de manera más o menos radical del tradicional juego de los partidos políticos a la tremenda, cada vez más notable, actividad y presencia de los movimientos sociales, que se convierten poco a poco en la nueva forma de hacer política, en la más avanzada y confiable.
Resulta prácticamente imposible resumir en espacio tan breve las características de los movimientos sociales frente a la tradicional competencia y lucha de los partidos políticos. Pero veamos algunas esenciales: se establecen distancias importantes respecto a los aparatos representativos de elección mediatizada, hay una voluntad mucho más presente de establecer procedimientos de democracia directa, en general hay voluntad de establecer nuevas formas de democracia y de control entre los representantes, que en general son perfectamente ajenas al sistema partidista, etc., etc.
El hecho es que la corriente política de Andrés Manuel López Obrador, en más de un sentido, tiene también un contenido muy amplio de movimiento social, sobre todo si consideramos que uno de sus componentes esenciales es Morena, que es precisamente un movimiento también con fines políticos pero sin la armadura típica de los partidos. Se dirá que el conjunto de partidos políticos que constituyen el respaldo de López Obrador (PRD, PT, Convergencia, que ha asumido programáticamente a Morena), definen a su universo de apoyos políticos más en un sentido programático que de movimiento social.
Pero no parece ser así: cuando observamos con mayor detenimiento las líneas programáticas de López Obrador, por ejemplo, la necesidad de construir una república amorosa, caemos en la cuenta de que su horizonte político para el país desborda por mucho los términos de una ideología partidaria estrecha (por ejemplo, la del socialismo tradicional), y de manera explícita se abre a la consideración de la política como algo diferente, en que debe privar la imaginación y la creatividad. República amorosa o, si se prefiere, república de la fraternidad, en que cada uno cuenta en la medida en que cuentan los otros o, todavía si se prefiere, una asociación o sociedad política en que lo más importante es la cooperación entre los asociados, lo cual implica desterrar el ánimo de concentrar o monopolizar, y en la que debe prevalecer el ánimo de la solidaridad y cooperación.
Por definición, este “modelo” de organización política se sitúa en el extremo opuesto del sugerido por Enrique Peña Nieto, en que sobresalen el espíritu de competencia para la acumulación. En el de Andrés Manuel López Obrador, en cambio, sobresaldrían por necesidad la solidaridad y el espíritu de cooperación. Un mundo de amplia circulación de las ideas, y de real dinamización de la economía, en vez de la estrechez de un aparato preparado para apoderarse, sin más, de las riquezas del país.
En julio de 2012 está en manos de la ciudadanía constituir el país que se quiere, teniendo frente a nosotros dos “modelos” a los cuales nos hemos referido aquí. Parece obvio que resultará más satisfactorio para la mayoría de mexicanos que se pronuncie en favor de aquel que tenga más visos reales de acercarse efectivamente a la democracia y a la igualdad social, que es sin duda el de Andrés Manuel López Obrador.

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