lunes, diciembre 12, 2011

La creación de sociedades enfermas : María Teresa Jardí



La creación de sociedades enfermas
Por María Teresa Jardí


El capitalismo necesita como premisa para su imposición, a pesar del fracaso que ese sistema significa para millones de personas, la creación de sociedades enfermas y quizá la mexicana es hoy el mejor ejemplo para el mundo, de hasta dónde no debe prevalecer ese sistema sobre todas las personas que en México podríamos tener una vida digna, simplemente con una mejor distribución de la riqueza.
Terminaba mi colaboración del viernes pasado diciendo que la obsesión por la limpieza es una adicción. Y decía también que la mujer adicta a la limpieza y ponía a una mujer cualquiera como adicta a la limpieza y a un hombre, su marido, como adicto al trabajo. Aclaro que igual podría ser el hombre el adicto a la limpieza y ella la adicta al trabajo. Decía que esa mujer adicta a la limpieza es en el fondo una persona adicta al dolor. Y que el dolor es la adicción por excelencia a la que el sistema capitalista necesita para mantener enajenados a todos los seres humanos del planeta.
En el caso de la mujer del ejemplo, esa adicción al dolor, no en pocas ocasiones, la hace recurrir a las pastillas, que como si no fueran drogas, por los que detentan el poder y por la sociedad, sí se aceptan como controladoras del estrés. Estrés también ideado por las mentes perversas que imponen el sistema capitalista como otra forma de mantener cautivas a las personas. Mientras que el trabajador compulsivo, ejemplo de buen “padre y buen marido”, lo más probable es que también sea o acabe por convertirse en un adicto al alcohol.
La importancia de clarificar esto está en el hecho de que si vemos la adicción como el último recurso ante la locura y sobre todo ante el dolor, podemos empezar a pensar en los adictos a las drogas también como seres humanos pensantes que son, y no como la basura de la sociedad que se nos quiere hacer creer, por el mismo sistema productor de todas las adicciones.


Muchos de los adolescentes que empiezan a consumir drogas lo hacen porque fueron niños que no encontraron respuestas. Niños que fueron o se sintieron diferentes y por eso recibieron el rechazo incluso de los maestros y en general de los padres. Hombres y mujeres que en una sociedad sana serían líderes, científicos, deportistas, escritores, artistas... Pero a los que hay que aniquilar porque al sistema que se nos impone, no le interesan los seres sensibles. La creación de sociedades enfermas como productoras —-por parte de los que detentan el poder—- de manicomios para encerrar a todo el que piensa y no acepta lo que los poderosos por él deciden y mandan.
Pero el sometimiento a la adicción va más allá. Como a las gallinas encerradas en jaulas en batería se las obliga a sobrevivir en medio del dolor, como exhibición de la perversidad humana, enviando, además, el mensaje de que eso a todos nos puede suceder, si les da la gana a los que manejan los capitales financieros internacionales, que son los que imponen el sistema político de muerte para millones. Se empiezan a construir casas minúsculas, en batería para los pobres, obligando a las familias a vivir ahí presas. Casas útiles más allá de la ganancia desmesurada que deja a la especuladora empresa. Porque sirven para convertir a los seres humanos, obligados a sobrevivir, como sobreviven las gallinas mientras ponen huevos, en adictas, también, al dolor. La confinación produce dolor y además también resulta útil para convertir a las personas en adictas al conflicto. Y al igual que se despluman las gallinas en actos de locura al sentirse sin espacio, con las personas sucede lo mismo. Los mecanismos para convertir en adictos al dolor, en particular a los más pobres, sirven también para convertir a millones de personas en adictas al conflicto.
Las minúsculas casas en batería y sin espacio para la necesaria intimidad que toda persona necesita y sin espacio para solaz ninguno, sirven también como mecanismo de control desde la infancia. Son la prohibición a los niños incluso del recurso de salir a la calle, no se diga a un patio, jardín, trozo de tierra, a jugar, a gritar, a desfogarse y sobre todo a reinventarse como seres pensantes cada día, en cada juego, haciendo volar la imaginación. Lo que además obliga a los padres a mantener a los hijos cautivos frente a la pervertidora niñera, que es el televisor, parte del sistema fascista que es el capitalismo.

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