País sin rumbo
Porfirio Muñoz Ledo
El despliegue olímpico apenas fue un distractor para el ánimo indignado y
oscilante de los ciudadanos que ansían la restauración de la legalidad
republicana pero que sospechan el avasallamiento de sus derechos por una
justicia electoral prejuiciada y tardía. ¿Cuál será finalmente el significado
del sufragio público y el destino de una transición naufragada? He ahí el
núcleo de la incertidumbre social.
Como resultado final de un sexenio que zozobra, se promulga un conjunto de
reformas constitucionales que distan mucho del cambio político anunciado.
Cuestiones esenciales como la reelección legislativa o la revocación del
mandato fueron descartadas o aplazadas por la sorda aplanadora de los partidos.
La consulta popular que se adoptó resulta contradictoria y amañada. Exige un
millón de firmas a los ciudadanos mientras deja a la autoridad plena libertad
para ejercerla.
Ninguno de los grandes problemas que padecemos ha sido enfrentado: ni la
supremacía de los poderes fácticos ni la pérdida de jurisdicción del Estado ni
la debilidad del régimen fiscal ni la ausencia de gobiernos de mayoría ni la
escasa participación ciudadana en las decisiones públicas. El diseño de la
reforma, en sus distintas versiones, es apenas la reparación de un sistema
presidencial moribundo.
En increíble paradoja, esta será la administración que haya promulgado mayor
número de decretos de reforma constitucional –35 en total, con la modificación
de 64 artículos- de acuerdo a la práctica cada más extendida de legislar por
retacería. Como no sean los artículos que favorecen la estrategia de seguridad
del gobierno y a contrario sensu los que fortalecen derechos humanos, no se
percibe una arquitectura coherente de cambios que modifique el funcionamiento
del sistema político.
A mayor abundamiento: de no repararse los agravios cometidos en los recientes
comicios, ¿quién podría creer en la limpieza de los procesos electorales como
fuente de legitimidad de la autoridad pública, o confiar en la autonomía del
Estado y de los procesos políticos frente al poder imbatible de los medios de
comunicación electrónicos? ¿Cuál será en fin la suerte del movimiento social
contestatario si es que, como parece lógico, los partidos aceptan las parcelas
gubernamentales que les correspondan?
La cuestión es que, por hoy, la protesta domina el ámbito público en el llano y
el acomodo de fuerzas la actividad política en las alturas. Hemos llegado al
caso de un Presidente de la República que abandona ostensiblemente los deberes
de su cargo para irrumpir en los asuntos internos de su partido. Al punto que
un agudo articulista sugiere elegir un Ejecutivo interino, pero del primero de
septiembre al final del mandato.
Mientras tanto las fuerzas externas incrementan su gravitación sobre la vida
nacional y se ahonda la distancia entre la sociedad y el aparato estatal. Todo
lo que hagamos por mantener y acrecentar los vínculos de la ciudadanía con el
proceso político será saludable para la nación. La ruptura podrá conducir a la
más lamentable de las frustraciones o de las represiones.
En las innumerables reuniones de los partidos, de sus grupos y facciones se
encuentra extraviada la agenda de la reforma del Estado. Se habla poco de
proyectos ideológicos y demasiado de negociaciones pragmáticas. Se insiste que
en que no hay mayoría política, pero sí un “grupo mayor”, se invita al diálogo,
a la concertación, a la “civilidad”. Vale responder: a qué precio para la
democracia y en torno a qué proyecto de nación.
Hasta donde llega mi información y mi lectura, la agenda del futuro está
emergiendo de las catacumbas -que ahora cuentan con el concurso multiplicador
de la tecnología. Los jóvenes están en busca de una identidad perdurable y de
un programa de transformaciones de largo plazo. No pretenden su inserción en el
sistema, sino el cambio en la raíz. Encontraremos mejor el gran proyecto de
futuro en sus pesquisas intelectuales que en los desvaríos de una clase
política irredimible.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)

No hay comentarios.:
Publicar un comentario