Aún es tiempo de
rescatar la Dignidad
Guillermo Fabela
Quiñones
Apuntes
Tal como se ven las cosas alrededor de la calificación del proceso electoral,
no hay mucho margen para un optimismo razonado. ¿Habrá de ocurrir lo mismo que
hace seis años, con el Tribunal Electoral avalando los comicios ante anomalías
que, asegurará, no podrían modificar el resultado? Dentro de tres años, en el
mejor de los casos, se estaría dando un veredicto definitivo sobre las
denuncias presentadas por el Movimiento Progresista, como así sucedió con
respecto al caso de los Amigos de Fox, que concluyó con la aplicación de
cómodas multas al PAN.
Si esto llegara a ocurrir, cabe augurar que éstas serían las últimas elecciones
de la etapa contemporánea, no sólo porque la gente estaría convencida de que no
tiene caso votar, sino por la descomposición social producto de una estrategia
gubernamental orientada al reforzamiento de los intereses de una oligarquía
absolutamente desvinculada de las prioridades nacionales. Es factible que
dentro de seis años, de afianzarse el proyecto antidemocrático del priísmo salinista,
la sociedad nacional estaría imbuida en una dinámica de lucha por la mera
sobrevivencia. Como las protestas sociales serían reprimidas a sangre y fuego,
se viviría en un Estado de sitio no reconocido oficialmente.
En el mejor de los casos, se organizarían elecciones al viejo estilo, cuando el
PRI era partido hegemónico, sólo para cubrir el expediente ante el mundo. La
lucha por la democracia se llevaría a cabo de manera clandestina, como en los
tiempos en que organizaciones de tendencias socialistas y comunistas actuaban
bajo las sombras. Lo subversivo, en un marco sociopolítico de tal catadura,
sería organizarse para abrir cauces a la democracia, sin más proyección que
hacer posibles las libertades más elementales. Entonces, estaríamos viviendo
los mexicanos un retroceso histórico como ningún otro país latinoamericano, con
el aplauso y apoyo de la Casa Blanca en Washington, pues sus designios estarían
cumplidos.
Tan dantesco escenario podría evitarse ahora, si el Tribunal Electoral
cumpliera a cabalidad su papel y no avalara unas elecciones fraudulentas, que
lo son porque el PRI actuó sin un mínimo respeto a la norma constitucional, que
en su artículo 41, inciso II indica que “la ley señalará las reglas a que se
sujetará el financiamiento de los partidos políticos y sus campañas
electorales, debiendo garantizar que los recursos públicos prevalezcan sobre
los de origen privado”. En este proceso, como es del dominio público, fue
absolutamente al revés. Es tiempo perdido de la dirigencia priísta tratar de “tapar
el sol con un dedo”, al afirmar que se ajustaron a lo que dice la ley. ¿O será
que la abundantísima propaganda con la que tapizaron el país y llenaron los
espacios en los medios les fue regalada?
El Tribunal Electoral tiene aún la oportunidad irrepetible de poner los
cimientos de una democracia moderna que nos coloque en posición de despegar
como nación progresista. Basta que anule los comicios para Presidente de la
República, porque así lo mandata el ordenamiento constitucional, no porque lo
quiera Andrés Manuel López Obrador o los millones de ciudadanos que votaron por
él. Querer forzar las cosas, a extremos de ilegalidad, con el reconocimiento
del supuesto triunfo de Enrique Peña Nieto, será cancelar el futuro de un país
democrático con posibilidades de superar sus muchas contradicciones.
Dice Pedro Joaquín Coldwell, dirigente nacional del PRI, que López Obrador
“quiere tapar el sol con un dedo”, pues la elección presidencial “fue la más
transparente y regulada por órganos autónomos”. Si el Instituto Federal
Electoral (IFE) fuera realmente un órgano autónomo, habría exigido al PRI que
se ajustara a la norma constitucional y no abusara de manera tan vil de la
miseria del pueblo, como lo hizo durante la campaña electoral, repartiendo a
diestra y siniestra limosnas para comprar su voto. Este es el fondo del
problema, el cual nunca quiso ver el IFE, demostrando así una connivencia
inmoral que será finalmente lo que dé al traste con la etapa de elecciones en
México.
Sn embargo, aún queda un resquicio para rescatar algo de esta etapa, si el
Tribunal Electoral cumple su papel con apego a la Carta Magna. A nivel mundial
sería bien visto que México hiciera cumplir la ley en una materia tan alicaída
en muchas naciones que se dicen democráticas. El nombramiento de un presidente
interino sería el mejor recurso para serenar a la sociedad, el mismo PRI
tendría la posibilidad de designar un candidato más comprometido con el país, y
las autoridades electorales podrían “lavarse la cara”, al demostrar una
necesaria autonomía con la cual poder ser útil a los mexicanos. De otro modo,
la sociedad estará convencida de que no sirve de nada tener un aparato tan
costoso e inútil en materia electoral.
(guillermo.favela@hotmail.com)
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